The Longest Road on Earth

The Longest Road on Earth (Brainwash Gang, TLR Games)

Un homenaje al presente

Yo conocí The Longest Road on Earth hace poco más de 1 año aproximadamente, y me atrajo enormemente. Su maravillosa puesta en escena, su arriesgada propuesta tan poética e intimista, y el mimo con el que estaba siendo creado, alimentaban mis ganas de saber más sobre él. Y hoy por fin he podido jugarlo.

The Longest Road on Earth, desarrollado por el estudio español Brainwash Gang, comienza con la interacción de uno de los personajes, para luego mostrarnos una especie de cinemática aérea de una carretera que parece que no termina (el propio nombre del juego lo dice: “La carretera o camino más largo de la Tierra”). Esta fantástica introducción (que podría recordar al de una película) actúa como metáfora del significado del juego: lo que importa es el camino y sus momentos, no el destino. Así lo demuestra a lo largo del juego.

The Longest Road on Earth es difícil de recomendar a cualquier jugador, pero muy necesario. Es un juego que sabe perfectamente lo que quiere. Y lo consigue con un apartado artístico pixelado sensacional en tonos grises y negros al son de una banda sonora maravillosa de rasgos indie pop-rock. Y es que el juego hace alusión a las historias, a los momentos y a lo mágico de que sean inmortalizados (como si de fotografías antiguas se tratasen). De ahí podría venir la elección de esa paleta de colores, al mismo tiempo que para provocar nostalgia y conexión con los personajes. Recordemos también la exquisita ambientación, típica de una sociedad estadounidense de los años 50, todavía más a favor para utilizar esos tonos de color.

Aquí no hay tiros, explosiones o tramas enrevesadas, el juego nos cuenta la vida misma de una serie de personajes de los que no sabemos nada, más allá de su carácter antropomórfico, cosa que no impide para que se logre empatizar con ellos, con su rutina, sus ilusiones, sus momentos de descanso…. Cuando manejamos a cada personaje, no sentimos superioridad ante nadie porque no la hay, no somos ningún héroe o antagonista, solo una persona más que vive su día a día.

Este es un juego diferente a cualquier otro. Es un juego que nos hace centrarnos en el “vivir”, en que cada momento que sucede en nuestras vidas debemos prestarle la atención que se merece (mientras os narro esto, por ejemplo), cada momento es un regalo y debemos aprovecharlo. No quiero pecar de cursilería, pero si lo habréis jugado sabréis que The Longest Road on Earth es un juego pausado, contemplativo, de quedarse quieto a observar. Hay gente fumando o tocando un instrumento desde los balcones, nos debemos parar mientras el semáforo está en rojo…. Absolutamente todo requiere de una pausa, y el juego nos hace ser conscientes de ello.

The Longest Road on Earth

Este es un juego diferente a cualquier otro. Es un juego que nos hace centrarnos en el “vivir”, en que cada momento que sucede en nuestras vidas debemos prestarle la atención que se merece (mientras os narro esto, por ejemplo), cada momento es un regalo y debemos aprovecharlo

Y eso es lo que nos intenta transmitir el juego, de olvidarnos de las prisas, de poder disfrutar de un viaje en tren, hasta de cosas más banales como un simple paseo por la ciudad o el sol escabulléndose entre las hojas de los árboles. Porque indirectamente, el juego nos invita como jugadores a disfrutarlo con calma a través de esas escenas más prolongadas en el tiempo y sin interacción alguna, en las que solo tenemos que explorar con los ojos los detalles de cada escenario y disfrutar la fantástica música compuesta por Beatriz Ruiz-Castillo (Beícoli) una chica que forma parte del propio estudio de desarrollo.

Es de admirar su gran trabajo, unas melodías hechas con el corazón que ponen alma a escenas a priori poco significantes en el día a día como tender la ropa o preparase un café. La fusión entre música y vida es magistral, y denotan un cariño especial puesto en cada escena creada en este juego. Escenas de paz y tranquilidad, pero también de soledad y anhelo. Al fin y al cabo, esta obra es una oda a la cotidianidad (con lo todo lo bueno y malo que ello implica) sin ninguna clase de textos o diálogos que emborronen su mensaje.

En el juego, narrativa y jugabilidad se fusionan en perfecta armonía como pocos lo hacen, y logramos zambullirnos completamente en las historias de cada personaje, divididas en los 4 capítulos en los que se compone el juego. Si os fijáis, no tenemos una estructura narrativa típica de principio, nudo y desenlace. No. Tenemos historias, instantes que se quedan grabados en nuestra memoria mientras una sucesión de canciones dan vida a las imágenes.

No quiero terminar sin comentar el potencial que tiene el videojuego para conseguir este tipo de experiencias tan frescas e innovadoras, que sería muy difícil llevar a cabo en el Cine, por ejemplo. Porque este es un juego sobre la vida real, sin exageraciones, sin alardes. Su hora y media de duración es suficiente para que al terminar nos paremos a reflexionar sobre lo experimentado, incluso ahondemos en nuestra propia vida, y decidamos plantearnos algo de ella. Siempre con detención y mesura. Después de jugar a The Longest Road on Earth, yo me paro y pienso que lo rutinario, lo monótono, lo que podría parecer que no tiene valor a simple vista en la vida diaria… cobra mucha fuerza al convertirse en arte en forma de videojuego.